Quizá sonará a tópico, pero conceptualmente el término “extraordinario” sirve para definir algo fuera de lo ordinario. Y extraordinario es el adjetivo que merece el trasteo de Julián López “El Juli” al segundo toro de su lote.
Y el balance de la tarde puede invitar a la equivocación, porque la cantidad de trofeos obtenidos puede interpretarse como consecuencia del buen juego del encierro lidiado, pero no, no hay que equivocarse. Si esta tarde hubo triunfo fue porque los toreros, con sus respectivos matices, han estado por encima de los toros. Sí, incluido el del incomprensible e intrascendente arrastre lento.
En conjunto el encierro de La Estancia resultó justo de presencia, deslucido y todos tendieron a huir en el último tercio, y claro, el quinto de la tarde no fue la excepción. Claro que ahí estaba El Juli, que desde los primeros instantes de la lidia dictó cátedra de cómo enseñar a embestir a un toro remiso y con tendencia a salir suelto de las suertes. Cómo sería la demostración, que la primera ovación de la faena llegó cuando El Juli bregó al toro para colocarlo en suerte ante el picador.
Lo que vino después fue un despliegue de recursos técnicos, de valor, de terrenos, de toques, que permitieron que el toro llegara hasta donde el torero quiso, y aunque en una primera impresión pareciera que la faena, dadas las condiciones del toro, no sería de larga duración, error. El Juli consiguió, incluso en las últimas series, que el toro siguiera la muleta como hechizado, rendido al poderío de la muleta de Julián.
Si se hiciera un nuevo tratado ilustrado de la tauromaquia, definitivamente en la sección de cómo ejecutar la suerte suprema al volapié, debería quedar enmarcada el estoconazo que le recetó El Juli al de La Estancia. Claro, el público de pie en el tendido, la presión para que el juez concediera los máximos trofeos, y la sensación de haber asistido a una lección magistral de una figura del toreo.
Ya en su primero saludó una fuerte ovación desde el tercio tras una faena poderosa, donde una media estocada que tardó en hacer efecto provocó que la petición de un trofeo se enfriara. En éste mostró sus credenciales desde un estoico quite por chicuelinas.
En cambio Ignacio Garibay sí le cortó la oreja al primero de su lote, que hablando de matices, si El Juli fue la maestría depurada, Garibay fue todo garra y entrega. No cabe duda que estas combinaciones son positivas por todos lados, porque llevan al límite a los toreros cuando comparten cartel con las figuras.
Ignacio fue volteado de fea manera al quedarse a la mitad de un natural el de La Estancia, levantándose adolorido pero dispuesto a exprimirle hasta la última pasada al toro, rematando de un espadazo caído que fue suficiente para que la gente le solicitara la oreja. Perdió otra en su segundo por una faena de corte similar, en el que sobresalió una serie muy sentida de naturales, fruto de la colocación y de los consejos que José Antonio Ramírez “El Capitan”, que se encontraba en el callejón, atinadamente le dio.
Dos orejas cortó Fernando Ochoa al cuarto -en su primero no pudo pasar mas que de voluntarioso-, por una faena un poco más de artificio, eso sí, componiendo la figura y dejando detalles del toreo de clase que posee. Volviendo a los matices, también estuvo entregado y por encima de las condiciones del toro, que al igual que sus hermanos, mostró los mismos defectos que caracterizaron en su conjunto al encierro.
Dejó una estocada efectiva aunque desprendida, y la gente le solicitó las orejas, que ciertamente el juez concedió, igual que un arrastre lento que no se entendió.
Ficha Lleno en tarde agradable y con intermitentes ráfagas de viento. 7 toros de La Estancia (lidiado el primer reserva en sustitución del 3°, que se despitorró), justos de presencia, huidizos y deslucidos; el 4° recibió un injustificado arrastre lento. Pesos: 507, 495, 475, 474, 479 y 502 kilos. Fernando Ochoa (azul rey y oro): Palmas y dos orejas. El Juli (berenjena y oro): Ovación y dos orejas y rabo. Ignacio Garibay (carmesí y oro): Oreja y ovación.