Y si es verdad que a esta divisa le favorece esta plaza, por el sólido respaldo con el que cuenta, y que está plagado de tardes históricas y triunfos que han dado caché a muchos toreros, hoy no llegó nunca este toro bravo, humillado y boyante de otras ocasiones. Vamos, el toro bravo de esta casa que tan bien tiene identificado el público de Las Ventas.
En cambio, sí que hubo un par de ejemplares, segundo y quinto, que cayeron en el mismo lote, el que le tocó en suerte a Alberto Lamelas, y que, como decían los revisteros antaño: “tenían las orejas prendidas con alfileres” debido a la nobleza, calidad y duración de sus embestidas.
Acostumbrado a lidiar toros de esta divisa, Lamelas quizá nunca imaginó que iba a tener en sus manos un par de toros de esta condición para triunfar en Madrid, y si bien es cierto que hizo un gran esfuerzo por agradar, sobre todo en el primer tercio de la lidia de ambos, luego no consiguió redondear dos faenas que, siendo aceptables, debieron haber sido de Puerta Grande.
Porque cuando un toro como el segundo de la tarde le regala a un torero esas embestidas, hay que romperse y cuajarlo a placer. Y eso no sucedió, no obstante que Lamelas haya apuntado algunos buenos pasajes, pero sin que su toreo hubiese tenido la finura de toques y alturas de la muleta o colocación para haber embelesado la embestida del primero, o la reciedumbre y el temple preciso para poderle al quinto con más enjundia.
Cabe comentar que a los dos toros los recibió a porta gayola, un gesto que honra sus buenas intenciones y que fueron dos de los momentos más espectaculares de una actuación que pudo trascender de otra manera y quedó en un par de ovaciones en el tercio.
A diferencia de ese lote de Lamelas, a Domingo López Chaves le tocaron los menos propicios para hacer el toreo que cala en el tendido, pues el primero, que sabía bien lo que dejaba atrás, tampoco tenía esa fiereza del victorino definidamente complicado, aunque no dejaba de ser incómodo porque hacía hilo y rebañaba con peligro cuando se el remataba por arriba.
El salmantino le perdía pasos entre los pases y le salía adelante, para ganarle la intención en cada muletazo, hecho que constituyó la clave de un primer trasteo que quizá no fue del todo bien valorado por el público que todavía no entraba en el ánimo de la corrida.
El cuarto fue un toro deslucido, que no decía nada, y el salmantino se afanó en pasarlo de muleta con limpieza de trazo, pero sin conseguir que aquello interesar mayormente al público. Al final, su solvente labor pasó inadvertida para la inmensa mayoría de la gente.
El venezolano Jesús Enrique Colombo se mostró animoso en banderillas, aunque sin reunirse como se debe para conferir un punto de mayor verdad a la suerte. De esas facultades y espectacularidad le granjearon la entrega de un amplio sector del público, pero también la exigencia de otro tanto que no quedaba convencido de su labor con los palos.
La primera faena se vio condicionada debido a las protestas iniciales por la falta de remate de un toro de bella testa, pero vareado de carnes, un tanto ensillado y sin el trapío para esta plaza. Además, no transmitía mayor emoción al tendido y eso influyó en que lo hecho por Colombo no tuviera el relieve esperado.
El sexto toro, hondo y muy en tipo, no acabó de definirse, aunque sí tenía posibilidades de faena, y el venezolano trató de centrarse con él hasta conseguir series meritorias en las que toreó con ritmo y suavidad, un hecho que le valió el reconocimiento del público.
Con unos días de descanso de por medio, la Feria de Otoño retomará la actividad el próximo viernes 1 de octubre, fecha en la que debutará en este escenario el novillero mexicano Alejandro Adame, al lado de Alejandro Fermín e Ignacio Olmos, para lidiar un encierro de la ganadería de López Gibaja. Esperemos que las cosas le rueden bien al hidrocálido.