Se amargó el fin de fiesta en Tambillo. La suspensión de la última corrida del abono por la alegada falta de liquidez económica de la empresa fue la mancha definitiva que ensombreció la que pretenciosamente también dieron en llamar Feria de Jesús del Gran Poder, aprovechando la gran imagen de la original que se celebraba en Iñaquito.
Pero esos seis festejos que se celebraron en una plaza portátil, con sólo una cuarta parte del aforo con que cuenta la Monumental, no podían llegar a ser más de lo que fueron: un sucedáneo, un estimable pero imposible sustitutivo de los días de gloria de la gran plaza de la capital ecuatoriana.
En principio, la despreciada y maltratada afición taurina de Quito agradeció con su buen asistencia a los tendidos de madera –lo que demuestra su duradera vitalidad- el esfuerzo del empresario Marco Galindo por devolverles, aunque fuera a unos kilómetros de distancia, las corridas de toros de muerte.
No en vano, los aficionados han sido conscientes de que en esta aventura empresarial Galindo ha tenido que solventar no pocas trabas administrativas. Y también algunas que otras meramente taurinas que le obligaron a hacer sucesivos cambios en los carteles durante los días previos a la feria.
Pero ya esas variaciones iniciales despertaron de antemano ciertas reticencias en los círculos taurinos quiteños acerca de su solvencia como organizador de festejos. E incluso hicieron aflorar el recuerdo de olvidadas experiencias de Galindo en otros cosos del país…
Aun reconociendo ese trabajo de la empresa para arrancar con este imprevisible experimento, el de ese bienintencionado empeño por recuperar el ambiente taurino quiteño trasladándolo a una zona cercana y favorable, hay también que señalar que, por momentos, la organización no correspondió con idéntico respeto tanto al público que acudió a los prados de la localidad del cantón de Mejía como a muchos de los profesionales actuantes en el ciclo.
Un respeto que debió reflejarse principalmente en el pago puntual de los honorarios de cuadrillas y matadores locales y, al margen del ruedo, en el cuidado de los detalles de cara al público. En concreto y especialmente, en hacer cumplir la hora de inicio de los festejos –algo en lo que la autoridad taurina también tendría que decir- sin hacer esperar así, en ocasiones durante una larga hora, a quienes ya estaban sentados en el graderío sin tener por qué pagar las consecuencias de los fallos organizativos y económicos de la empresa.
El gran error fue plantear una feria demasiado larga, con dos o tres festejos de relleno en días laborables y por tanto menos propicios para la asistencia de público, teniendo en cuenta, además, los muy elevados precios de las localidades. Y ese fallo de estrategia fue el que minó, sin duda, la solvencia económica de una empresa que debió calcular mejor sus fuerzas para afrontar la totalidad de la programación.
La salvadora intervención de “mecenas” ajenos a la organización, que se hicieron cargo in extremis de los gastos de las maltratadas cuadrillas locales, así como de algún que otro extra, posibilitó que finalmente se pudieran celebrar los festejos de entre semana. Pero el viernes último, con uno de los carteles más atractivos, ya no existían garantías económicas para seguir con una apuesta que la empresa sólo pensó en ganador, sin imaginar ni asumir las pérdidas que pudieran generar sus propios errores.
A toro pasado, ya no es tiempo de seguir lamentándose de una circunstancia que en nada debe afectar a la moral de la viva y aún latente afición ecuatoriana. Mejor será tomar nota de lo sucedido para no volver a caer en el mismo agujero. Ahora, a los taurinos quiteños, sólo cabe seguir trabajando. Mejor con profesionalismo que con mentalidad aventurera.