Tauromaquia: Santander mexicanizado y Canito
Lunes, 01 Ago 2016
Puebla, Pue.
Horacio Reiba | Opinión
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
En México solíamos llamar Toreo de Cuatro Caminos al coso que, aprovechando la estructura metálica del viejo Toreo de la Condesa, se erigió en San Bartolo Naucalpan hacia 1947. Pero en tan dichosos años llevaba ya muchos de denominarse así la plaza de toros de Santander, que tiene indudable sabor y se conserva en magnífico estado, pese a que su estreno data de 1890 (la inauguraron un 25 de julio Cara Ancha y Luis Mazzantini con toros del Conde de la Patilla).
Y en la semana ida, la transmisión televisiva de algunos de los festejos de la feria de Santander me remitió no a las épocas de El Toreo sino al estricto presente de nuestra tauromaquia, presidido por el post toro de lidia mexicano, que nos hace añorar los años de El Toreo, sea en Cuatro Caminos –estado de México– o en su capitalina demarcación original.
Y la razón está en el ganado. Pues por lo visto –al menos en el par de festejos de la reciente feria de Santiago que alcancé a seguir por televisión–, en España también hay quienes crían el tipo de toro o novillo que mereció de mi parte la denominación de post toro de lidia. Es decir, ejemplares blandengues, contemplativos y con mínimas ganas de embestir: carentes, además de fortaleza, del impulso hacia adelante que da la casta brava.
Así, sosos y pajunos a más no poder, fueron los encierros de Miranda y Moreno –corrida del martes 26, despachada por Enrique Ponce, Juan del Álamo y Andrés Roca Rey–, y José Cruz –novillada del miércoles 27 para Alejandro Marcos, Luis David Adame y Rafael González–; y cuando apareció un ejemplar soñado de la primera divisa para que Ponce lo bordara, resultó la versión sublimada del toro de la ilusión –Páez dixit– por el que suspiran ganaderos y toreros mexicanos: tan obediente y gentil que solamente le faltaba hablar para ser perfecto. Y apenas unos miligramos menos de sangre brava para rajarse y sosear sin disimulo. O, en otra vertiente de la degeneración, ponerse a la defensiva, como tan peligrosamente lo hiciera el sexto de José Cruz, en perjuicio del novel Rafael González.
Luis David, en la línea de fuego
Pocos discuten al hidrocálido la condición de novillero del año en España, tan firme está siendo su paso por aquellos ruedos, basado en una tauromaquia sorprendentemente madura para sus 18 años, con la intuición, la variedad y el temple por delante, un valor y una ambición a toda prueba y una contundente espada. Todo eso que le ha permitido pasearse con autoridad por las principales ferias, ligando salidas en hombros de manera impresionante.
En Santander, sin embargo, tuvo que conformarse con cortar una única oreja a su segundo novillo, pues el primero –bajito y cornicorto, muy a la mexicana– resultó un auténtico marmolillo del que sólo le fue posible obtener esporádicas medias arrancadas. Tampoco prometía mayor cosa "Puñalero" –508 kilos, alto, huidizo y que pasó sin castigo, pues se escupía sin disimulo de los caballos–; a ese manso, para colmo con un pajuelazo en el ojo, luego de calentar el ambiente quitando por zapopinas lo centró perfectamente en la muleta, le dio tiempo y distancia antes de atacar, y terminó por ligarle derechazos y naturales de terso trazo, lo obligó a tomar una ranchera redondísima y aun le extrajo manoletinas de máximo ajuste.
Y todo sobreponiéndose a su probonería y a no pocas coladas. La estocada, a un tiempo, cayó algo baja, pero la petición del apéndice fue unánime, lo que le permitió igualar la generosa oreja otorgada a Alejandro Marcos del bichito que abrió plaza, un “Camorrista” de apariencia marcadamente amexicanada –terciado, astigordo y romo de cuerna, medido de fuerza y suavote de estilo–. El resto del encierro de José Cruz fue todo él manso y descastado, con la agravante de un sexto tan incierto como gatoso. Aun así, el sevillano Rafael González, en su segunda novillada del año, causó magnífica impresión. Por disposición y por intuición torera.
Apoteosis de la toreografía
Tan a gusto como si estuviese en La México, con su público de dulce y ganado terciadito y a modo, Enrique Ponce le cortó al primero de Miranda y López una oreja convencional. Pero se encontró luego con un toro para sentir y ensayar interminablemente el toreo. Era negro mulato, se llamó "Bendicidito", pasaba apenas de la media tonelada (502), y ni siguió con celo los capotes ni apretó en varas. A ese dechado de mexicanidad astada –en versión ideal– el valenciano, más relajado y a gusto que nunca, iba a torearlo por nota, con apostura, sosiego y temple mayúsculos, si acaso momentáneamente extraviados cuando intentó continuar el recital de redondos utilizando la mano izquierda, siempre inferior en él a la diestra. Lo compensó con saboreados paseos sobre la puntas de las zapatillas, dibujados cambios de mano por delante y por detrás, y el bonito ejercicio gimnástico de la poncina.
Y el pinchazo inicial lo borró enseguida con media estocada de fulminantes efectos. Al justificado alboroto correspondió la presidencia ordenando el corte de dos orejas y la vuelta póstuma para los restos del nobilísimo burel. Un torillo idéntico a los que, de cuando en vez, salen aun a ruedos aztecas. En la México, Enrique Ponce se ha encontrado con varios de esa calaña, aunque dudo mucho que haya logrado acoplarse con alguno del modo en que lo logró con "Bendicidito".
Si el de Chiva sorteó un lote soñado, Roca Rey se toparía con dos perfectos especímenes del post toro de lidia, par de sonámbulos que ni por estampa ni por comportamiento aportaban la mínima emoción. Y aunque se prodigó en quites según costumbre, y estuvo machacón muleta en mano, el triunfo era misión imposible ante aquellos burros con cuernos. Con un lote intermedio, mansote pero toreable, Juan del Álamo derrochó voluntad, premiada con vuelta al ruedo a la muerte del quinto.
Murió el as de los fotógrafos taurinos
Se llamó Francisco Cano Lorenza y aún centenario se le seguía viendo en los callejones de las plazas en temporadas recientes, con su Laica fiel en bandolera y la sonrisa cordial de siempre. Hasta que la madrugada del miércoles, en Valencia, el corazón 103 años joven de Canito dejó de latir. Con él se iba una leyenda, el fotógrafo de toros por antonomasia. La tarde siguiente, todo mundo guardó por él un minuto de silencio en las plazas que daban corrida.
Cano –una firma habitual en un ángulo inferior de las fotos taurinas de los últimos 80 años–, marca el apogeo del tiempo ya lejano en que cada figura del toreo contrataba un fotógrafo para que lo siguiera durante la temporada, dentro y fuera del ruedo. Se dice que la principal habitación de su modesta casa la presidía una fotografía con el rostro de Ava Gardner, tomada en aquella época en que las divas del cine, los filósofos humanistas y las celebridades de las bellas artes acudían a las plazas, ya fuera por afición a la tauromaquia, ya para darse el gusto de concurrir a un espectáculo popular y al mismo tiempo selecto y prestigioso. Pero el fuerte de Paco Cano, como es natural, eran las escenas que se sucedían sobre la arena.
Tenía apenas 32 años y había cambiado no hacía mucho muleta y espada por la vieja Laica –de novillero fugaz y sin futuro se anunció como Curro Cano–, cuando le fue dado fotografiar la corrida fatal de Manolete en Linares. Pero su fama no se debió tanto a la firma consabida al pie de cada estampa suya de aquella tarde histórica de 1947 como a la oportunidad y calidad de su trabajo, su estilo personal de captar para la posteridad toros y toreros.
Por eso, Canito devino en mito viviente, y por eso, por ilustrar en primera línea 80 años de la historia del toreo, su legado es millonario y sobrevivirá con mucho a su muerte física. Porque se va a quedar, ya para siempre, en los ojos de quienes contemplen esas escenas taurinas llenas de vida, de esa peculiar forma del movimiento y la belleza de que saben impregnar sus instantáneas los verdaderos artistas de la lente.
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