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Religiosidad y tauromaquia, unidas en el tiempo

Martes, 14 Abr 2009    Guadalajara, Jalisco    Fernando Barrera / Corrresponsal   
El Becerro de Oro

La tauromaquia está estrechamente ligada a la historia de la Humanidad y a la religión, cualquiera que sea. En esta época, fiesta mayor de la religión católica, sería conveniente echar un breve vistazo a lo que el toro ha significado durante más de dos mil años.

Como lo relata Carlos Gabriel Luna Escudero en el artículo “La Tauromaquia: un rito sacro”, editado por Espéculo, revista de la Universidad Complutense de Madrid, en la Biblia hebrea el Becerro de Oro adorado por los israelitas dio paso a que Moisés lo destruyera, para que los hebreos tuvieran por único culto las piedras de los Diez Mandamientos.

El Indra védico es el Toro Divino; como Marduk o Anu en Babilonia; como Horus en Egipto. Heliópolis era un centro de adoración del Toro de Ra. En Grecia, Júpiter tomaba la forma de toro para seducir a Europa. Pasifae se entregaba a un toro blanco, que la hacía madre del Minotauro. Los germanos adoraban a Thor o toro, cuyo ídolo se encontraba en Upsal en el templo del sol.

La religiosidad del toro, da paso a los juegos con ellos, e incluso, se utilizaron como martirio para los cristianos en el Coliseo, cuando Julio César introduce los combates de Bos Tauro en Roma y que a la postre dan paso a lo que hoy conocemos como las corridas de toros. Incluso, las plazas tiene aún el recuerdo del Gran Circo de Roma.

La relación del toro, el hombre y la religión se pierde en el tiempo y el espacio, incluso, ha perdido ese sentido de adoración a un dios, pero mantiene aún, el sentido introspectivo para los ejecutantes de las suertes táuricas.

En las corridas de toros se encierra un misticismo, una acción sacra en el que el torero asume un papel de sacerdote, de ministro cruento, en una ceremonia espiritual, donde es el mismo humano quien busca la supervivencia o su muerte gloriosa al ofrecer en tributo su propia existencia, pero con la dualidad de poder sacrificar al toro, eje indiscutible de la tauromaquia.

Quizá por ello, el Papa Pío V excomulgó a los taurinos, excomunión suprimida por el Papa Gregorio XIII, hasta que el Papa Clemente VIII, hacia el año 1600, reconoce las corridas como una escuela de valor, perteneciente al patrimonio de España y levantó la excomunión.


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